Cuando servir a Dios cansa

Bien dicen por allí que a medida que uno se pone viejo les da la razón a sus viejos.

Mi mamá decía que el diablo puede desvirtuar una virtud. Y qué razón tenía ella.

Pero ¿Cómo es eso posible? ¿Cómo algo bueno puede convertirse en todo lo contrario?

Una virtud es una característica agradable de una persona; puede ser su buen sentido del humor, o su disposición de servir; incluso, puede ser su carisma. Las virtudes son lo que nos hace querer estar cerca de alguien. ¿Has estado con alguien que habla negativamente todo el tiempo? Al rato ya no queremos estar con él. Pero sí queremos estar con aquel que infunde aliento, da consejos acertados y tiene un positivismo contagioso.

¿Cómo estas virtudes se pueden volver algo negativo?

A medida que he reflexionado sobre este tema, he concluido que el problema está en el corazón del ser humano. Dios lo dijo en la Biblia “el corazón del hombre es engañoso y perverso”.  Uno de los problemas del ser humano es que le cuesta ser equilibrado, y eso es lo que desvirtúa las virtudes.

Servir a otros, aunque puede verse como virtud, cuando no hay equilibrio, puede causar problemas. Cuando alguien sirve sin descanso, por ejemplo, puede olvidar la razón por la que sirve y empezar a buscar reconocimiento por lo que hace y al no tenerlo, lo puede exigir o frustrarse, y tarde o temprano se verá el cambio en la actitud.

¿Cómo identificar el desequilibrio?

Una de las primeras señales que estamos perdiendo el equilibrio es el enojo por el cansancio. No hablo del cansancio después de un evento, sino de ese enojo cuando las cosas no salen como queremos, cuando esperamos ciertos resultados por el esfuerzo y no se logra lo que queremos. Empezamos a pensar en cuánto nosotros hemos hecho y comparamos el esfuerzo de los demás al nuestro y el de ellos no nos satisface. Quedan cortos para nuestra expectativa y eso nos enoja.

Otra señal de que estamos perdiendo el equilibrio y nuestra virtud empieza a desvirtuarse es que ponemos condiciones para hacer lo que antes hacíamos inmediatamente. Ahora empezamos a exigir que se cumplan ciertos criterios. Lo atribuimos al tiempo que llevamos sirviendo, a la experiencia que tenemos en el puesto o a nuestra capacidad de hacer las cosas.

Una de las señales más difíciles de identificar es el afán. Algunos podrán decir que es excelencia lo que buscan, pero debemos examinar nuestro corazón y reconocer qué es lo que verdaderamente estamos sintiendo. Si por buscar la excelencia lastimamos a las personas, despreciamos a quienes no están a nuestro nivel, no es excelencia sino afán.

Esta falta de equilibrio afecta a todos, desde quien está en plataforma hasta quien está en una cabina de TV o en el estacionamiento. El enemigo de nuestra alma quiere desvirtuar nuestras virtudes, desviarnos del camino correcto.

¿Qué debemos hacer para encontrar el equilibrio nuevamente?

Una de las mayores riquezas del cristiano es escuchar a Dios; eso se llama misericordia. Y otra riqueza es obedecerle. Si esto que has leído resuena en tu corazón, es posible que Dios esté hablando a tu vida. Estoy convencido que Dios no se asusta por nuestro pecado, no nos desecha, nos atrae a él con lazos de amor.

Lamentaciones 3:40-42 dice “Examinemos y pongamos a prueba nuestras conductas y volvamos al Señor. Elevemos al Dios de los cielos nuestro corazón y nuestras manos. Hemos pecado, hemos sido rebeldes y tú no nos has perdonado.”

Una vez hemos reconocido nuestro pecado, el siguiente paso es el descanso. La historia de Marta la afanada, nos enseña que detenernos y sentarnos un tiempo a los pies de Jesús es tan importante como servir. ¿Quién hará nuestra labor?  Si Dios le dijo a Elías que habría 7 mil personas que le podrían servir ¿no hará lo mismo con nosotros? La obra es del Señor, no de nosotros.

Génesis 33 nos da esta lección: Jacob se encuentra con su hermano Esaú, con quien había tenido pleito por muchos años. Cuando se enfrentan y se reconcilian, Esaú invita a Jacob a caminar juntos y seguir el viaje. En el versículo 13 y 14 dice “Pero Jacob se disculpó: —Mi hermano y señor debe saber que los niños son todavía muy débiles, y que las ovejas y las vacas acaban de tener cría, y debo cuidarlas. Si les exijo demasiado, en un solo día se me puede morir todo el rebaño. Es mejor que mi señor se adelante a su siervo, que yo seguiré al paso de la manada y de los niños, hasta que nos encontremos en Seír.” El Jacob ambicioso, aventurero, de armas tomar, ahora es maduro y entiende qué es más importante ahora. Así que, como último consejo, cuando retomes el servicio, hazlo despacio.

Le servimos más a Dios cuando estamos descansados, enfocados en lo verdaderamente importante y equilibrados.

 

 

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